top of page

Javier Ocampo: Visita de estudio

Actualizado: 8 abr



De la obra de Javier Ocampo destacan muchas cosas: los medios, los temas y la impronta que nos genera al verla. Hay algo confrontativo en su trabajo y también una invitación a la reflexión, a repensar nuestro lugar en una sociedad marcada por diferencia de clases, violencia y olvidos sistémicos. A través de piezas en video, fotografía y recientemente escultura e instalación, el artista morelense plantea apuntes de crítica social desde la ironía y la creatividad.



Con motivo de su exposición individual “Techno Guerreros”, en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo, visitamos su estudio para conocer sobre sus procesos, métodos de trabajo e investigación, así como los temas de interés que atraviesan su práctica. Egresado de la Licenciatura y la Maestría en la Facultad de Artes UAEM, Ocampo se ha consolidado como un artista multidisciplinario cuya inquietud artística comenzó durante la preparatoria cuando cursó un bachillerato técnico en comunicación y donde la edición de video y la edición gráfica llamaron su atención, “después, mis amistades más grandes me dijeron que entraron a la Facultad de Artes y, yo no conocía esa carrera, pero por inducción de amigos entre ahí y me encantó. Ahí empecé a desarrollar mi formación académica”; tuvo, además, la oportunidad de crear su propio plan de estudio, “mezclaba tanto clases de medios digitales como conceptuales, y muy poco de plásticas que en ese momento me interesaban; era una forma muy autodidacta de ir amalgamando las materias y eso me facilitó mucho llegar a la producción actual donde mezclo muchísimas disciplinas sin especializarme en sólo una, y donde el concepto es el que me lleva a recurrir a ciertas técnicas o materiales”.





La obra de Ocampo mantiene una fuerte relación con las experiencias que lo atraviesan a nivel personal. Durante un periodo, por ejemplo, trabajó en un periódico de nota roja en Cuernavaca, etapa en la que se acercó más a problemáticas políticas y sociales, dada la ola de violencia que atravesaba el Estado en ese momento. Por otra parte, su labor como diseñador en empresas corporativas le ha ayudado a tener otras perspectivas de lo que es y puede ser la producción creativa pues ha diversificado el público al que se dirige. “La reacción e interacción del público con mi obra ha sido más bien digital, me encanta utilizar las plataformas como mi galería, siento que hay un mayor alcance que en una exposición física y mi obra es muy contestataria, muy abyecta. No busco ser solemne; el humor, el sarcasmo, el insulto están en el discurso de mis piezas y en el momento en que mi trabajo se activa en redes sociales con insultos o con gente que está enganchada, se vuelve a reactivar. Eso me gusta mucho del algoritmo”.

Fotografía: Cortesía del artista


Una de las experiencias más impactantes, porque fue de las primeras que tuvo, sucedió en la exposición “Trazos y revelaciones. Colección Griselda Hurtado”, en el Centro Cultural Jardín Borda cuando presentó el video “Te amo” en el que besa esculturas. El libro de sala, que estaba frente al video, tenía muchos insultos y cuestionamientos sobre cómo se atrevían a mostrar ese tipo de cosas, que incluso era una falta de respeto a los símbolos patrios (en realidad las esculturas no son consideradas símbolos patrios). A partir de ese momento, Ocampo replanteó la relación que podrían establecer sus piezas con el público: “produzco para que la gente tenga una reacción, obviamente va a ser una reacción de enojo, pero siento que el enojo es mejor que el gusto, porque cuando algo te molesta te enganchas y lo odias; cuando lo amamos o te encanta, dices ‘ay, qué hermoso’, y ya”.


Fotografía: Cortesía del artista


Otro ejemplo reciente fue el fenómeno de “DECULO NIZADOR”, videoclip presentado en la Sala10 del Museo Universitario de Arte Contemporáneo en el que “mezcla alusiones al pasado precolonial mesoamericano con referencias de la cultura contemporánea de masas, en un delirio kitsch/neobarroco que transgrede la identidad hegemónica heteronormada” (1). Ocampo menciona al respecto “es de los videos que más comentarios de odio y desprestigio tiene, y también es de los que más visitas e interacción tiene y ha sido una buena estrategia: me gusta ese tipo de obra, para poder cumplir mi cometido que es alcanzar mayor público”.




Algunos de los temas que aborda en su trabajo reciente tienen que ver con la pigmentocracia y es cómo, a través del humor y la performatividad, cuestiona discursos de blanquitud y belleza hegemónica. También hay notas sobre lo queer y la identidad de género, la (contra)historia nacional y diversas ficciones provocativas. En la Facultad de Artes cursó una materia que se llamaba Cine Cultura Queer, asignatura que le permitió pensar en su obra desde otro lugar, “yo era muy reprimido, soy una generación que creció con un estigma muy heterosexual, pero después de esa clase, ya muy avanzada la licenciatura, mi obra cambió; empecé a hablar de lo queer, el género, las identidades más ambiguas y a partir de eso mi obra se tornó muchísimo más directa, sin tanteos”. En aquellos años empezó a preocuparse por otras inquietudes sobre el tono de piel, el género, lo que significaba vivir en la periferia, en la ausencia de pertenencia en Cuernavaca y estos temas se iban relacionando entre sí.



Daniel Buren apuntaba que, “de todos los marcos, envoltorios y límites –generalmente no percibidos y sin duda jamás cuestionados– que encierran y ‘hacen’ la obra de arte, hay uno sobre el cual nunca se habla, que se cuestiona aún menos y que, sin embargo, es el primerísimo de todos aquellos que rodean y condicionan el arte” (2), y, justamente, el espacio al que se refería era el estudio del artista. En su texto “La función del taller”, escrito en 1971 y publicado en 1979, presentaba una tipología de espacios dividida en dos principales: europeos y americanos, con características arquitectónicas especiales y con énfasis en el uso de la luz natural o artificial respectivamente, entre otros puntos a considerar en temas de disposición. En contraste, y con la intención de establecer un diálogo entre referentes de distintas épocas y realidades, pensamos en proponer una tercera variante que Buren no consideró en este escrito: el taller mexicano. Un espacio que, por lo general, se caracteriza por sus constantes transformaciones y adecuaciones en relación a las necesidades y posibilidades de lxs artistas y la producción de sus obras. En este sentido, la conversación que tuvimos con Javier Ocampo nos permitió conocer, tanto etapas de su desarrollo, como los cambios que ha tenido su práctica artística y la transformación de su espacio de trabajo.


Fotografía: Cortesía del artista



Durante la visita a su estudio, conocimos cuatro sitios de producción: la oficina donde realiza la edición de video, la azotea con una pantalla verde donde graba, el taller que le ha permitido trabajar con materiales nuevos y su habitación, siendo ésta su primer espacio de producción. Cada una de estas secciones de su casa/taller encarna etapas distintas de su trayectoria y refleja las posibilidades de crecimiento y expansión de su labor artística. Cuando comenzó, su obra se centraba en lo conceptual por lo que sólo necesitaba del tripié y una cámara para producir piezas de video, foto y performance. Conforme sus ingresos cambiaron, también fue adquiriendo más material y encaminando su producción hacia otras plataformas. “Sé que hay mucho nepotismo en el mundo del arte, también hay casos en que vienes de la nada, yo, por ejemplo, no tengo familiares artísticos, no tienen carrera de diseñadores, mi mamá fue la que más me dio porque era educadora y podía tener materiales como foamy o las tijeras que cortan en zigzag… Me ayudó mucho tener materiales. Actualmente, estoy orgulloso de esa profesionalización que hay en el arte, que se tome en serio, que es un trabajo también, una dedicación”.


Para la producción de las piezas que conforman la exposición “Techno Guerreros”, el artista utilizó la azotea y la zona de taller. La primera sección fue una empresa familiar de frituras y una vez que se quitó, Ocampo aprovechó el espacio para crear una sala de grabación con una pantalla verde. “Como el proyecto fue más grande, tenía más volumen y dimensión. Aunque moviera la cama de mi cuarto para grabar, no cabía. Pensé entonces que si quería ir aumentando la producción y hacerme más ambicioso, tenía que aumentar el espacio que tenía”. Para él, fue importante buscar lugares, en su propio hogar, que le permitieran esta expansión y la participación de su familia también ha acompañado este proceso de crecimiento: “Mis sobrinos y tíos, han colaborado para facilitarme los procesos, y que sea en mi casa es muchísimo más cómodo, porque son mis vecinos, voy corriendo y les tocó la puerta para decirles si pueden ayudarme. Hice una serie de fotos donde ellos hacen su negocio de albercas, otra serie de fotos en los jardines cuando todo era terreno baldío, o en la casa de mi abuelita, ahí tengo unas fotos con unas primas que se pusieron dos playeras de los directores de la SEP para unirse y completar una persona que tuvo estudios y otra que no”.




En el taller, que se encuentra en la parte de atrás de su casa, comenzó un trabajo manual autodidacta con herramientas y materiales nuevos como el carrizo, los huesos de animal y la palma para crear las esculturas de los guerreros guardianes de esta exposición; el proyecto surgió a partir de una excursión a Chimalacatlán, donde visitó la zona arqueológica, que une diversas historias y vestigios. Ahí conviven tres actos históricos que han moldeado la identidad del lugar: las construcciones megalíticas que resguardaban una ofrenda a Tláloc, las trincheras edificadas durante la Revolución zapatista y, en la llamada “Cueva Encantada”, el hallazgo de huesos fósiles de especies como el milodón y el tigre dientes de sable. Ante el olvido que envuelve estos vestigios, el artista se preguntó cómo generar, a través de la escultura, guardianes que encarnaran la memoria de estos eventos y sus cruces identitarios.

El resultado fue la creación de cuatro armaduras escultóricas, concebidas como figuras protectoras que entrelazan un sincretismo espacio-temporal, y que en el MMAC se exponen en un contexto que revisita la experiencia de una fiesta clandestina de música electrónica. El diálogo con Ocampo nos permitió reconocer la honestidad de su trabajo, la evolución que ha tenido en los últimos años y los intereses que están encaminando su producción artística contemporánea. Además, consciente de que Cuernavaca es una ciudad chica llena de creadores, sabe que tiene que producir más porque hay que mantenerse activo: “como creador morelense creo que es importante seguir profesionalizando el arte y demostrar que, aunque sea una ciudad pequeña llena de artistas, la pasión y el talento están; hay una gran red de colaboradorxs y de creadorxs”.



(1) Sala10: Javier Ocampo. Museo Universitario de Arte Contemporáneo <https://muac.unam.mx/exposicion/sala10-javier-ocampo>

(2) Buren, Daniel. “La función del taller”, Ragile, París, septiembre de 1979, tomo III, pp. 72-22, 9 il. <https://eleco.unam.mx/la-funcion-del-taller/>


Comentarios


Ya no es posible comentar esta entrada. Contacta al propietario del sitio para obtener más información.
bottom of page