Un picnic en tres tiempos y un complemento
- Irving Domínguez
- hace 4 días
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Bienvenidos a este banquete, una celebración del hacer performance con alimentos a cargo de Pancho López (Ciudad de México, 1972) quien durante más de veinticinco años ha explorado públicamente el placer de comer, quien ha jugado con los ingredientes y los condimentos hasta lograr experiencias inéditas, desde la realización de una escultura hasta el desdoblamiento del espacio tiempo para tomarse un par de cafés consigo mismo.
Lo que hemos colocado para su degustación es una colación de acontecimientos, objetos, documentos y obras a propósito de las acciones de Pancho López, así como espacios dispuestos para la interacción del público entre sí y con el artista. Como sucede en el performance, el desarrollo de los hechos no responde a un relato convencional, así pasamos del ritual de hacer picnic en las grandes ciudades al espacio de ensueño y de ahí a la sobremesa con café para cerrar el menú con un viaje hacia las posibilidades artísticas de la sal.
Cada uno de los tiempos que conforman el banquete está dedicado a un ciclo de trabajo que ha desarrollado el artista de modo consistente desde finales de la década de los noventa. A continuación se explican cada uno de los platillos, sus ingredientes y su preparación.
Primer tiempo. Picnic formal, 1997 – 2002
Durante cinco años Pancho López irrumpió en espacios públicos de las ciudades de México, Nueva York, Toronto y Quebec a través de picnics unipersonales, emplazamientos durante los cuales degustó, ante la mirada de quien se interesó, menús de dos a tres tiempos. En cada ocasión el artista se presentó de traje y corbata para tomar sus alimentos en una mesa vestida de un mantel con el estampado Vichy, aquel de cuadros monocromos y blancos ligado a la práctica del picnic desde siglo XVII en el continente europeo.
En cada una de estas irrupciones el performance lo constituyó el ritual de la comida. López procedió de modo ordenado con cada uno de los platillos que conformaron su menú ante la mirada curiosa, atónita o inquisitiva de los transeúntes convertidos súbitamente en público. El artista no compartió alimento alguno y esta decisión fue clave para revelar a su picnic como un acto íntimo en el medio del flujo peatonal. Él fue capaz de preservar en el espacio público su individualidad a través del acto de comer.


Desarrollar a la intemperie un acto que podría considerarse una ceremonia privada reveló muchas de las tensiones acerca de quién come y sobre lo que come, conjeturas acerca de su imagen corporal, sobre su condición de clase social, suspicacia acerca de si obtenía algún beneficio por exponerse a comer en público, además de enfrentar la presunción de que su picnic violaba algún reglamento y representaba una anormalidad en el espacio público. No faltaron tampoco las muestras de empatía y complicidad, incluida la de proporcionarle un postre a un menú incompleto. Algunas de las reacciones del público, así como las de los periodistas, acerca de este ciclo de performances pueden leerse en las notas de prensa recuperadas para esta exposición.
Complemento para el primer tiempo. Un cuarto para picnic
El artista nos ha proporcionado un paisaje para echar a volar nuestra imaginación y soñar con nuestro picnic ideal. ¿Cuántos platillos llevaríamos en nuestra canasta de mimbre?, ¿a quiénes invitaríamos?, ¿tendríamos alguna aventura durante ese viaje? Mientras nos sentamos en el césped y miramos al cielo Caperucita roja discretamente recorre el horizonte.
Segundo tiempo. Historias de café (2015 a la fecha)

Una vez más Pancho López explora las posibilidades rituales de la preparación de un alimento, en este caso, de una bebida estimulante: el café. El artista nos comparte el discreto acto de esperar por un taza caliente en medio de un respetuoso silencio, oímos el borbotear del líquido en la cafetera, contemplamos el vapor de agua escapar del recipiente y comenzamos a saborearlo a través de su aroma singular. López no prepara el café una vez sino dos, crea un pliegue en la continuidad del espacio tiempo al desdoblar el acto a través del video y acentuar el placer de la bebida en un consumo simultáneo.

Historias de café no es un acto solitario porque una buena taza de café siempre se comparte, ya sea en citas previamente agendadas o al calor de la espontánea respuesta de algún miembro del público. Además, el desarrollo de esta obra ha llevado al artista a jugar con las posibilidades plásticas de la bebida a partir de su representación plástica, así como el juego que ha desarrollado con el líquido, los recipientes que lo contienen y sus sedimentos.
Manténgase atento porque es posible que usted se encuentre con Pancho López en éste Museo y le prepare una rica taza de café.
Tercer tiempo. Paisajes de sal

En este núcleo se reúnen un conjunto de obras que Pancho López ha realizado de modo recurrente a lo largo de su trayectoria y en los cuales la sal es su principal elemento de trabajo. Buena parte de ellas posean cualidades escultóricas y son el resultado de procesos de manipulación que organizan dicho material en el espacio por un periodo que permite su contemplación.
Mientras Tú + Yo y Sal de mesa fueron realizadas ante un público que fungió de testigo, otras obras se han realizado en ambientes de trabajo artístico más bien convencionales. Pero una de ellas es el resultado de una acción discretísima, organizada por el artista y sus secuaces, el placer de coleccionar saleros tomados sin previo aviso de restaurantes, fondas, puestos callejeros e incluso rescatados del olvido hogareño durante el plazo de un año a través de todo el continente americano y algunas ciudades europeas. La obra resultante, Robar la sal, es una instalación conformada por más de doscientos saleros dispuestos en la sala en repisas al muro, un ready-made culinario. Muchas de las historias acerca del cómo y el dónde se obtuvieron los saleros se presentan en una serie de dibujos que conforman su propio cuerpo de obra.

Sean ustedes cómplices de esta fina selección de adminículos para el buen comer.
En la Ciudad de México, 2024 – 2026.



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