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Jungle de Yutaka Sone

Actualizado: 24 abr

Yutaka Sone no fue siempre un artista enfocado en la pintura, como se podría intuir al visitar la presente exposición en el MMAC. En efecto, Yutaka Sone emerge dentro del panorama conceptual de la década de 1990, cuando el mundo del arte se encaminaba hacia una globalización sin precedentes de sus formas y narrativas. Formado como arquitecto en Japón, país que atravesaba entonces un milagro económico, pronto intuye la necesidad de emanciparse del provincialismo cultural que conlleva la tradición imperial en su isla, para afirmarse como artista.

Tras instalarse en Los Ángeles, desarrolla una práctica relacional que interroga el “acontecimiento” en un mundo interconectado. Inicialmente creador de dispositivos escultóricos a menudo vinculados a lo performativo, integra luego objeto, dibujo y pintura que operan como estrategias de resistencia frente a la fugacidad del “momento perfecto” exaltado por la sociedad de consumo. Este eje conceptual atraviesa su práctica y más tarde, dará título a varias de sus exposiciones y cuerpos de obra, cómo se puede constatar en la selección de videos presentados en la sala T4 del MMAC.



Vale la pena recordar que Yutaka produce obra en México desde 2004, primero en Guadalajara y luego en Pátzcuaro, Michoacán, tras un periodo de producción intensiva en China a finales de los años noventa, etapa que precede y da marco a su trabajo desarrollado posteriormente en estas ciudades mexicanas: el escurridizo Agave (2019-2026) ejemplifica las inquietudes de este periodo. El aparente exotismo de los motivos desplegados en Jungle —representaciones evocadoras de un México reducido a su condición natural y turística— no debe así opacar las intenciones conceptuales del artista, aunque la ilusión haya sido siempre, en cierto sentido, una de sus objetivos en la elaboración de sus obras e instalaciones. Sone es un artista de los desvíos, de la errancia, de la mediación solitaria dentro del grupo: si en ocasiones es un líder, lo es para escapar con mayor destreza, desapareciendo una vez que el camino ha sido abierto.


Un detalle llamativo de las pinturas de la jungla es su cualidad doméstica: son, en efecto, vistas de la vegetación tal como se observa desde el estudio del artista en Mérida, donde radica ahora. Son planos cercanos donde el cielo nunca está lejos: siempre existe una salida posible frente a la vegetación asfixiante, una vegetación real cuya amenaza queda reducida al espacio que la ciudad le concede dentro del tejido urbano. Al mismo tiempo, en esta exposición, el jardín del MMAC y las ventanas que lo articulan con las salas interiores hacen tangible esa cualidad del paisaje como elemento estructural, tal como Sone trabaja la jungla como campo de fuerzas más que como motivo decorativo, las vistas al exterior del jardín, prolongan la experiencia de presencia.


La verdadera odisea se convierte entonces en el propio acto de pintar —esta vez en óleo—, en un esfuerzo por otorgar el mayor relieve posible a esa materia densa que sigue siendo uno de los símbolos más fuertes del enfoque de Yutaka. En su ensayo La jungla cuadrada, el crítico de arte y productor musical Iseo Nose escribe sobre estas pinturas: “[Sone] elimina el ‘exceso de voluntad’ introducido por el formato horizontal y devuelve la pintura a una posición más cercana a la fuerza generadora del objeto. Lo que Sone busca aquí no es someter la jungla al orden de la perspectiva, sino construir otro marco de reconocimiento capaz de sostenerse precisamente allí donde la perspectiva colapsa.”


Pero la jungla no agota los motivos de la exposición. El copo de nieve aparece de manera lógica en la intersección de varios intereses del artista, pues la nieve en sí misma, es también emblemática de esa noción de “acontecimiento” que fascina al artista: una irrupción fugaz que suspende todo a su paso y se desvanece con los primeros rayos de sol. En un guiño manierista, la arquitectura hexagonal que alberga la serie de los copos de nieve, pinturas y escultura de cristal, retoma su propia geometría para establecer un diálogo con la singularidad de cada pieza.


El género pictórico de la vanitas, asociable al género mexicano del bodegón, viene entonces a la mente: las instantáneas de banquetes y libaciones cuyos elementos comestibles desaparecieron hace siglos, encuentran un eco en los motivos paisajísticos globales que Yutaka pinta y que, inevitablemente, terminarán sumergidos en los ríos digitales que atraviesan cables submarinos y servidores voraces en agua y recursos, donde se almacenan nuestras imágenes y selfies, cliché tras cliché. Vanidades humildes y de ambición desmesurada, así pueden entenderse las pinturas de Sone, reflejo  de su autor, pero también de la jungla yucateca que engulle civilizaciones —la maya hace mucho tiempo y quizá, pronto, la nuestra.




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